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Una deuda completamente ilegal

No voy a negarlo. No tenía mucha fe personal, aunque mandé a mi mejor amigo bajo el marco del Festival Vive Latino del pasado mes de marzo a que los viera. Lo sabía porque Máximo insistía en que escuchara Mi amigo Omar, uno de los primeros acercamientos que tuve con la banda.

Los españoles anunciaron que venían a Chile incluso antes de que yo llegara aquí y, aun sin fe propia, convencí a Max de gastar en un boleto. Siempre me recriminó mis malos hábitos económicos, en especial si de ver “puntitos lejanos” se trataba. ¿Por qué querría pagar por ello? Y en plena etapa de preventa, la última con descuento, se arriesgó y corrimos la tarjeta válida por una entrada. Yo seguía sin fe. Pasaron los meses y nos olvidamos del concierto, hasta que, dos semanas antes, me externó que quería que lo acompañara, obvio yo pagando mi boleto. ¿¡A’ÓNDE!? Pero el amor lo logra todo, incluso sacar dinero donde no lo hay. Y luego de varios intentos fallidos, llegó el domingo 16 de junio.

Y estábamos frente a la Blondie, más o menos abrigados porque se sabe que el calor humano se hará cargo dentro. Una horda de punks nos recibió. Y mi Máximo, siempre tan como es él, iba con una camisa. Compré mi boleto y casi al instante y por la adrenalina de quien se ha vuelto adicto a las experiencias en vivo, lo perdí. Pero ya lo habían visto, no habían las diez mil barreras que sortear como en México. Y tampoco la multitud enloquecida esperando. Frente a nuestros ojos, encontrábamos un escenario semi vacío y agolpamos nuestros cuerpos contra las vallas. Comenzaba, minutos después, el show de apertura de Plan 7, una banda de la V Región que tocaba rockabilly. De inmediato, la concurrencia se encendió. Es un ritmo inevitable. Traté de bailar, pero era casi imposible… de a poco el espacio comenzó a llenarse. Lo peor de los punks es que están tan drogados de cualquier cosa (incluso nihilismo) que pierden toda clase de decoro. Y quizá eso, en realidad, sea lo mejor.

Para cuando estos muchachos habían concluido, Máximo y yo estábamos prensados entre punks alocados y fans de la época más suave de los Ilegales. La espera fue breve: unas cuantas pruebas de sonido, colocar esto por aquí y por allá… ah, y me olvidaba, pegar el tracklist en el piso. Si no, no hay concierto.

Bien sabido por mí era que Jorge Ilegal era más bien un vampiro, un hombre al que la vejez le estaba negada.  No como un Mick Jagger, realmente, muy a su estilo. Entraron uno a uno. El baterista Jaime Beláustegui, el bajista Willy Vijande y el guapo de teclados, Mike Vergara seguidos del gran vocal, el legendario Jorge. Y de ahí, entre violentos arrebatos, me aferré a la valla y, quizá a mis emociones más viscerales.

Tocaron muchos clásicos y una que otra grata sorpresa como Voy al bar y Agotados. Todos coreaban, yo trataba de seguir la experiencia y notar como el líder ilegal se descomponía de a poco con nosotros. Una larga espera fue la que tuvieron los chilenos para concretar esta cita, una espera de 17 años para ver a unos ilegales en forma, tal como el mismo frontman los describió. Así que sí, fuimos afortunados porque, como dice la otrora compatriota de esta agrupación, Úrsula Corveró, en cierta campaña de ropa: Hoy es así, y mañana, mañana ya veremos. 

Transitamos momentos emotivos, tan profundamente que jamás creí que un grupo más ajeno que cercano a mí me hablara tan directamente. Pero es que eso son los Ilegales, jo’er, te tiran las verdades en la cara de formas tan contundentes. Verdades como puños, dolorosas pero necesarias.

Y ya para cuando Jorge Martínez (el cual es su verdadero nombre) presentó a los integrantes, no pudo decir algo más exacto:

En cuanto a mí, me llamo Jorge Martínez, me conocen como Jorge Ilegal. Soy ese que se ve al espejo y lucha contra sí mismo todos los días, aunque a veces pierda.

Y pues, que tire la primera piedra quien no lo ha hecho así.

Después de una intensa velada, hicieron una pausa muy pequeña y volvieron a clausurar el espectáculo de treinta y tres canciones. La concurrencia vibraba pidiendo Destruye, una canción que en mi cabeza sonaba peligrosa. Y Jorge querido escuchaba a sus fanáticos. Comenzaron los acordes y mi mano y la de Máximo se entrelazaron tan sólo para volvernos a aferrar a la vida. Se requiere siempre un purificación, una catársis justa y necesaria, volver a creer y tener fe en lo que no se imagina uno. Destruir para renacer. Y esa noche, incluso a pesar de sus consecuencias como el dolor corporal, nos lo entregó. Las sorpresas no cesaron. Aquel tracklist que sirvió de guía para los cuatro, ahora llegaba a manos de Máximo, luego un póster conmemorativo. Lo único que faltó: volver a Irlanda.

Ilegales, música para gente completamente ilegal… ¿y quién no lo es?

Si miran la foto con detenimiento, podrían encontrarme, porque ahora somos hijos ilegales.

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